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Digamos que los viajes lingüísticos dan la oportunidad de conocer un nuevo lugar, conocer nuevas personas y vivir por un tiempo de forma independiente. Eso suena muy atractivo, al menos eso fue lo que me convenció para aprovechar la experiencia.

 

Sin embargo, los viajes de idiomas no son lo mismo a los viajes turísticos. Si uno revisa un poco los viajes que ha hecho con la familia o con los amigos lo sabe bien. En un viaje común, uno siempre dormirá hasta tarde, saldrá con los amigos a conocer los lugares de interés, irá de fiesta hasta la madrugada y no habrá interés de conocer el idioma porque estás con tu gente y no tienes por qué entender a los demás.

 

Las vacaciones y el turismo son momentos de relajo y ocio, los viajes de idiomas, aunque sean divertidos implican un compromiso con algo que hay que tener siempre en cuenta: estamos invirtiendo dinero y tiempo para aprender un idioma.

 

Por eso debemos ser conscientes que cuando viajamos a una inmersión lingüística no vamos a pasar por la misma experiencia que cuando nos fuimos mochileando por Francia y España. El empezar un viaje lingüístico como un curso de idiomas, y acabarlo como un simple viaje de placer y turismo, es algo que puede pasar con relativa facilidad debido a que el estudiante pierde a veces el rumbo y las metas que tenía planteadas.

 

Mientras que en un viaje de placer la meta puede ser ‘llegar hasta tal ciudad con cincuenta euros y beber hasta morir’, la meta del viaje para aprender idiomas será ‘aprender el idioma de turno’ y si uno no está de acuerdo con esto y de plano piensa que quizá podría saltearse unas cuantas clases, entonces quizá esté yendo por un mal camino.

 

En ningún caso, aprender un idioma en Londres o París será aburrido en comparación a hacer turismo en Londres o París. Pero los enfoques son distintos y creo que todos lo tenemos más o menos claro. Al aprender un idioma uno se compromete a ir a clases, prestar atención a las clases, hacer los deberes asignados, relacionarse con los compañeros y practicar el idioma después de las lecciones, después de todo, uno está en una ciudad donde se habla solo el idioma que se está aprendiendo.

 

Y, si por algo las personas siguen recurriendo a los viajes al extranjero para estudiar una lengua, se debe a que las lecciones no son idénticas a las clases ordinarias. Sino a nadie le interesaría estar cinco meses en Berlín si lo único que se ofrece son lecciones diarias y nada más. Las escuelas de idiomas suelen ofrecer paquetes atractivos a los estudiantes de modo que hay un balance entre las clases comunes y los paseos, visitas y demás actividades recreativas que permiten a los estudiantes conocer una ciudad nueva.

 Además, la oportunidad de conocer personas diferentes y sentirte independiente son experiencias que uno no puede tener con facilidad, y en estos viajes están presentes.

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