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¿Ser qué? Ahora que trabajo en la Universidad Carlos III de Madrid entiendo mejor este tema. Siempre me han fascinado los idiomas y toparme con personas que hablen más de tres es un honor para mí. Porque según la definición formal, un políglota es aquel que puede pronunciar fluidamente cuatro grupos lingüísticos a más. Etimológicamente, tiene su origen griego en la unión de poly (muchos) y glotta (lengua). Solía sorprenderme, pero hace ya algún tiempo me dedico a estudiar a estos raros hablantes.

Conocí a Carlos Amaral Freire a través de un viejo amigo, quien fue alumno suyo. Lo vi por vez primera hace veinte años en un aula universitaria. En ese entonces, alternaba su faceta de catedrático con la de traductor de importantes industrias latinoamericanas. A sus 73 años, es el brasileño que conoce más idiomas, por lo que se le considera el mayor políglota vivo de ese país. Recuerdo los largos viajes que tuve que hacer, de continente a continente, para oírlo en una conferencia o charla magistral. Siempre desarrolló su carrera cerca de Brasil. Es que conocer cabalmente 110 lenguas no es cosa de todos los días.

Estaba estudiando en varias naciones de Europa (corría el 2001), cuando la Universidad de Cambridge, de Inglaterra, lo invita para darle un diploma por considerarlo uno de los intelectuales más importantes del mundo. Esa noche fue emocionante. Supe mucho más de él, pues entablé amistad con algunos de sus biógrafos más saltantes. Tiene casi una decena. Comprendí, por ejemplo, que ya conocía su rumbo cuando, en 1961, poseedor de una treintena de años, se graduó en la Facultad de Letras Neolatinas de la Pontificia Universidad Católica (PUC) de Brasil. Allí mismo, cinco años después, obtuvo un nuevo lauro, esta vez en Letras Anglo-Germánicas. Pero más allá de sus logros académicos, me sorprendió su férrea tenacidad, perseverancia y práctica lingüística.

Con frecuencia, vemos solamente los resultados. Nos anonadamos ante la habilidad de alguien. Hasta allí, todo bien. Pero caemos en el simplismo cuando creemos que tal capacidad es producto de un evento mágico, sobrenatural o de nacimiento. Tamaña mentira. Somos ciegos ante los años de práctica que le costó a un artista pintar tan bellamente como ahora lo hace. O un escritor y sus novelas afamadas. Primero, hubo torturas psicológicas, deseos de abandonar el oficio y profunda decepción personal. Si no, pregúntenle al escritor Mario Vargas Llosa, uno de quienes mejor ha gozado (lo delatan algunas de sus cartas públicas) el sacrifico que requiere ser buen prosista. Ello mismo es aplicable en las lenguas, en el deseo de ser prosista.

Es cierto que hay mucho de predilección o aptitud natural para hacerse de varios idiomas. Pero no despreciemos aquella parte (forzosa) relacionada a las ganas y disciplina académicas. Todos podemos ser políglotas. Es más, debemos. Pues esta habilidad es una importante competencia laboral y constituye una gran ventaja competitiva al momento de postular a un trabajo. Como en todo, requiere paciencia y verdadera conciencia de sus beneficios. Cuando menos lo piensa, Usted puede verse con cuatro lenguajes encima. Entonces, nos podremos conocer y me podrá contar cómo llego a ser un plurilingüe. Hasta entonces, que le vaya bien.

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