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Hay una gran diferencia entre estar entre los tres mejores alumnos de la clase de inglés y ser un buen hablante de este idioma.

Samuel y yo nos conocemos desde chiquillos, somos muy buenos amigos, de modo que cuando llegó el momento de buscar escuela de inglés nos pusimos en el mismo salón. Ahora, que seamos buenos amigos no quiere decir que compartamos todos los gustos. A mí siempre me ha gustado más leer, mi trabajo actual es de redactor, mientras que él siempre ha sido más extrovertido y con facilidad para conocer personas y ahora está terminando la carrera de traductor.

En el inglés yo estaba siempre en los primeros puestos de la clase mientras que él solía estar en el décimo (de quince alumnos). Claro que nunca reprobó el curso, únicamente no tenía el mismo interés que yo en pasar sus ratos de ocio leyendo Harry Potter, El Guardián entre el centeno y demás obras en inglés.

Cuando pasamos al nivel avanzado se nos sugirió la posibilidad de irnos a Estados Unidos por un par de meses para mejorar nuestro inglés, además de ponerlo a prueba.

A mí me pareció una idea excelente, mientras que a Samuel no le divirtió en nada eso de mandarlo a un lugar a hablar un idioma en el que sacaba notas bajas en redacción. Finalmente logré convencerlo de modo que viajamos a Nueva York para la experiencia de inmersión lingüística.

Sin embargo la realidad en la ciudad fue bastante distinta a la que yo me había imaginado. Al primer día me di cuenta que si bien yo era muy bueno para leer y escribir en inglés, era bastante negado para hablarlo. Yo, que siempre creí que tenía un buen acento, me di cuenta que no lo tenía para nada y además me demoraba bastante y titubeaba al hablar tratando de formar primero las oraciones correctamente en mi mente, o cuando alguien me decía algo yo empezaba a traducir palabra por palabra, de modo que me perdía.

Al contrario, Samuel tuvo una mejor experiencia, no creo que fuera precisamente porque fuera o no un estudiante promedio, aunque mucho tenía que ver que antes de leer un libro, como yo, prefería ver los canales de cable en inglés o ir al cine, algo se le debió pegar de acostumbrarse  a oír tantas veces el sonido, porque rápidamente (por lo menos con mayor rapidez que yo) demostró estar más preparado para hacer conversaciones.

Incluso, a diferencia mía, él no tenía temor de que lo corrigieran, se aventaba a decir las cosas y cuando alguien le hacía una observación preguntaba hasta entender cómo decir la oración correctamente. Eso se llama ser extrovertido, cosa que yo no era demasiado en ese momento.

De esta experiencia en la inmersión lingüística me di cuenta que no es tan importante que tanto te esfuerces solo en unos aspectos del idioma que aprendes, porque siempre habrá uno que se te escapará, como a mí el ‘hablarlo’.

Lo gracioso de esto es que, después de esta experiencia es que Samuel se interesó por lo de ser traductor, no de novelas, sino trabajar para empresas y esas cosas traduciendo conversaciones y demás.

En mi caso, debo aceptar que me quedo con mis conocimientos de inglés a nivel gramatical, mejoré mucho mi speaking en un segundo viaje de inmersión pero sé que ese no es mi fuerte, creo que cada quién es bueno para algo y si lo descubre debe desarrollarlo al máximo.

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